Casi

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Son las 8:00  Suena el despertador. Mari Carmen (nombre ficticio) abre los ojos. Anoche se quedó despierta hasta tarde viendo nosequé pelicula sueca que el tipo que le gusta le recomendó. Un truño de película. Pero la vió, hasta el final, para hoy tener excusa para llamarle y hablar un rato. Es un pedorro intelectualoide de los cojones, pero a ella le gusta. “Es buen tío”, se dice. “Y muy guapo, a mí siempre me han gustado las barbas”. Mari Carmen se levanta con muy pocas ganas, pero tiene que hacerlo. En dos horas tiene un casting importante. Uno de esos que como te lo den tu vida cambia. Un poco. Al menos un tiempo. “Algo de tranquilidad”, repite una y otra vez a quien le pregunta. Va hacia el baño, se mete en la ducha. Si se ha levantado tan pronto es porque lavarse el pelo, secarlo, y plancharlo para que le quede decente, le lleva al menos una hora. Mientras se pone el sérum, la crema hidratante y el contorno de ojos, piensa que el personaje es bastante más joven que ella, pero que si la han convocado será porque en cámara, siempre ha dado más joven. “Seguro que va Clara Gómez (nombre ficticio), siempre la convocan al mismo perfil y se lo lleva ella, que lástima no ser famosa, coño” se enfada mientras se maquilla lo justo para tener buena cara pero que el maquillaje no se meta en las pequeñas arrugas que se le van formando en los ojos y que trata con mucho empeño en hacer desaparecer. “Aunque en verdad yo siempre he querido ser como Jacqueline Kiplin (nombre ficticio), que tiene todas las arrugas del mundo y ahí está, haciendo todos los papeles que las actrices estiradísimas de su edad no pueden hacer”, piensa mientras se enfunda unos vaqueros estrechos y una camisa desenfadada que ayer tardó horas en escoger. “Que suerte que Petrina Ballenas (nombre ficticio) en persona me haya preparado el texto, se va a enterar la Clara ésta, hoy me lo llevo yo” comenta en voz alta como para autoconvencerse, mientras entra en el metro que le lleva directamente a la sala de cásting. El vagón está lleno, ella cierra los ojos para concentrarse y buscar a su niña y su vieja interior, tal y como su maestro, Juan Marcos Pedrazza (nombre ficticio) le enseñó a hacer durante sus clases, varios años atrás.

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