POR AMOR AL ARTE… (en un derroche de originalidad)

Sí, poco original el título, ¿no? Bueno, es que no me dedico a escribir, solo me han dado espacio para reflexionar y publicar cosillas en las que pienso, que lo mismo, oye, incluso pueden interesar, o alguien puede empatizar, quien sabe. Ojalá.

El caso es que últimamente me pregunto en qué tipo de país vivimos. Me lo pregunto cada día.

Veo a mucha gente triste por tener que emigrar para poder trabajar y poder vivir.

viajeA medida que pasa el tiempo, no me siento triste, la idea de irme de mi país, cada día me parece menos triste y hasta menos improbable. No es que lo tenga en mente, la verdad, pero es un tema que en principio no me agobia. Al menos a día de hoy.

Y llegado el punto de tener que cambiar mi nacionalidad, creo que no me importaría. Primero porque me trae un poco al fresco esto de que en un documento diga de donde soy. Segundo, porque sinceramente, el patriotismo en nada me beneficia. Al menos no tal y como se entiende hoy en día.

Cada día sale una noticia nueva informando sobre algún escándalo político, económico, etc. Coño, qué cansancio, es ya una costumbre, desgraciadamente, pero qué cansancio.

No consigo entender un mundo en el que se menosprecia el arte, del tipo que sea. Yo no voy por ahí menospreciando a los economistas. No les dirijo frases del tipo: “anda que no te gusta a ti estar todo el día dándole a los botoncitos de la calculadora, ¿eh? Y venga a contar billetitos, ¿no?”

O al médico: “…qué, ya estamos otra vez con el bisturí en la mano, ¿no? Anda que no te gusta a ti ni nada vestirte con bata verde y cortar carne…” Como que no queda muy decoroso, ¿no?

No os han dicho nunca algo así como: “anda, que no os gusta a los actores eso de estar de cachondeíto todos los días, ¿eh?” Y no vamos a detallar aquí el tipo de trabajo que hacemos, extenso en horas y ,en la mayoría de casos, corto en beneficios económicos, eso sí, muy recompensado en el alma.

Y aquí viene otro tema de conflicto. Esto de que como nos gusta lo que hacemos, pues lo vamos a hacer por amor al arte.

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Mamá quiero ser artista

IMG_3501– Mamá, quiero ser artista…

– Muy bien hija… ¿Te vas a comer todo lo del plato, verdad?

Esta conversación o una muy similar tuve hace algunos años, siendo niña, apenas alcanzaría unos cuatro años, con mi madre. La madre que me parió. Ella, por supuesto, preocupada porque la pequeña de la casa ingiriera todos los nutrientes necesarios, no fuera a ser que le diera un mal…

Pero no hizo el mayor énfasis a mi afirmación… Y no fue por que no le diera importancia, sino por que, al contrario que en muchos hogares de compañeros de profesión, en el mío ser artista era algo de lo más natural. Mi padre era cantante, mis primos músicos, bailarines, concertistas…

“Que la niña quiere ser artista… Ya, ya, pues a trabajar duro”.

A los cuatro años mis padres, viéndome bailar en mitad del salón mientras en la televisión programaban un late night que se diría ahora, antes el programa del sábado noche, me preguntaron:

– Estrelliña (es que somos gallegos, y allí todo diminutivo añade amor, ejem), ¿quieres ir a una escuela a aprender a bailar?

– ¿Para qué? Si yo ya sé…

Si, esa era yo con cuatro años, cuanta seguridad Virgen Santa, donde habrá quedado…

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The show must go on

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Mi hermano se casa. Mi único y adorado hermano se casa (al fin, nadie dábamos un duro por la causa). Y yo no puedo estar más feliz. Se casa un viernes para que yo, la hermana titiritera, pueda asistir a la boda. Porque claro, los fines de semana estoy de gira y es más difícil la cosa. Lo único que rezo a Zeus es que ese momento de suerte que todo actor espera, esa llamada que cambia tu vida (o no, pero la aligera económicamente un buen rato), no se produzca la semana que viene. Destino, por favor, una tregua. Espera hasta el lunes y ya Almodóvar me puede llamar hasta con cobro revertido si quiere. Porque, ¿y si te llama el manchego el jueves para hacerte la prueba de tu vida el viernes? ¿ESE viernes? ¿Qué haces? ¿Cómo te comes semejante putada del karma? No lo quiero ni pensar, por no atraerlo. Y es que este nuestro oficio, (como el de cualquier artista escénico, pero hablo de los actores, que es el que conozco) es un oficio muy mamón. En este caso es una boda. Pero, ¿y cuando tienes unas vacaciones planeadas con dos meses de antelación? ¿Un viaje romántico? ¿Una operación de tu madre? ¿Un bolo cerrado desde hace semanas y te llaman para una prueba o un rodaje tocho y es EL MISMO PUÑETERO DÍA TODO?

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Casi

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Son las 8:00  Suena el despertador. Mari Carmen (nombre ficticio) abre los ojos. Anoche se quedó despierta hasta tarde viendo nosequé pelicula sueca que el tipo que le gusta le recomendó. Un truño de película. Pero la vió, hasta el final, para hoy tener excusa para llamarle y hablar un rato. Es un pedorro intelectualoide de los cojones, pero a ella le gusta. “Es buen tío”, se dice. “Y muy guapo, a mí siempre me han gustado las barbas”. Mari Carmen se levanta con muy pocas ganas, pero tiene que hacerlo. En dos horas tiene un casting importante. Uno de esos que como te lo den tu vida cambia. Un poco. Al menos un tiempo. “Algo de tranquilidad”, repite una y otra vez a quien le pregunta. Va hacia el baño, se mete en la ducha. Si se ha levantado tan pronto es porque lavarse el pelo, secarlo, y plancharlo para que le quede decente, le lleva al menos una hora. Mientras se pone el sérum, la crema hidratante y el contorno de ojos, piensa que el personaje es bastante más joven que ella, pero que si la han convocado será porque en cámara, siempre ha dado más joven. “Seguro que va Clara Gómez (nombre ficticio), siempre la convocan al mismo perfil y se lo lleva ella, que lástima no ser famosa, coño” se enfada mientras se maquilla lo justo para tener buena cara pero que el maquillaje no se meta en las pequeñas arrugas que se le van formando en los ojos y que trata con mucho empeño en hacer desaparecer. “Aunque en verdad yo siempre he querido ser como Jacqueline Kiplin (nombre ficticio), que tiene todas las arrugas del mundo y ahí está, haciendo todos los papeles que las actrices estiradísimas de su edad no pueden hacer”, piensa mientras se enfunda unos vaqueros estrechos y una camisa desenfadada que ayer tardó horas en escoger. “Que suerte que Petrina Ballenas (nombre ficticio) en persona me haya preparado el texto, se va a enterar la Clara ésta, hoy me lo llevo yo” comenta en voz alta como para autoconvencerse, mientras entra en el metro que le lleva directamente a la sala de cásting. El vagón está lleno, ella cierra los ojos para concentrarse y buscar a su niña y su vieja interior, tal y como su maestro, Juan Marcos Pedrazza (nombre ficticio) le enseñó a hacer durante sus clases, varios años atrás.

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