Entre Carlos y Carlota

Carlos se sabía mujer desde los siete años. Se fue de aquel pueblo a los quince. Más bien lo echaron de allí a patadas y nunca mejor dicho. Su padre lo descubrió en el alpendre de su casa “jugando al trenecito” con el hijo del alcalde del pueblo. La monumental paliza le costó el tabique y unos cuántos puntos de sutura en la cabeza, además de moretones en los costados y en los ojos. Le prohibió la entrada a la casa.

Carlos, después de unos cuántos días en el hospital donde su hermana iba a cuidarlo, se fue casi con lo puesto a Madrid. En parte, le agradeció siempre a su padre que lo echase porque esto le permitió hacerse a si mismo.

Carlos no tenía a donde ir y en sus primeras noches en Madrid conoció a La Lucre, un travesti que se descubría a si misma cada noche por las calles de Malasaña. La Lucre fue otra hermana para Carlos, de alguna forma la que no tuvo después de los quince. Le enseñó a sobrevivir en aquel mundo de hombres que rondaban las calles del barrio en busca de anonimato y compañía y vio una forma de salir de aquella cárcel de carne y hueso en la que estaba encerrado.

En Madrid, Carlos se convirtió en Carlota. Decía que rebautizarse como Carlota era la expresión máxima de la venganza contra su padre, que también se llamaba Carlos. Era como transfigurar un poco el recuerdo que tenía de él y “hacerlo un poquito maricón mancillando su nombre”. Aparte del nombre, Carlos también cambió sus pómulos, sus labios, nariz y pechos. Aunque seguía manteniendo su sexualidad, por marketing decía, Carlos/Carlota se había convertido en toda una mujer. A sus clientes les vendía el eslogan de “Carlota la reina de las pelotas” y aunque sabía que era soez y vulgar… ¿a quién le importaba eso cuando pagaba por sus servicios a las tres de la mañana?

En sus años en la calle, Carlota, también notó la crisis y la competencia. Cada vez había más mujeres haciendo la calle, cada vez más jóvenes y guapas, cada vez venían de más lejos y cada vez cobraban menos. Tuvo que reducir sus honorarios para poder sobrevivir y hasta moverse de calle. En los últimos años, Carlota había llegado a Loreto y Chicote, un pequeño callejoncito en el entramado de Malasaña, y no sin dificultades, peleas y competencias consiguió hacerse un hueco. Por esa época en la que llegó, la calle tenía un especial trasiego de transeúntes causado por la apertura de un local donde al parecer “se hace teatro y machangadas” le había dicho Maru la gitana, otra prostituta de esa calle. Carlota pensó que el trasiego de personas también atraerían a hombres y repuntaría un poco el negocio que tenía en la entrepierna.

En sus paseos en las noches de función, dejándose ver, yendo de un lado para otro, se formaban unas colas considerables para asistir al pequeño teatro de las machangadas, como decía Maru la gitana, y entre tanto Carlota no podía dejar sentir curiosidad por lo que tenía lugar allí dentro. Se hablaban que eran obras pequeñitas, de entre diez y quince minutos, en cuartos pequeños y que tenía un aspecto de prostíbulo en su distribución, que había actrices y actores de la televisión y el cine que podías tener a dos metros actuando.

Es verdad que Carlota, en un primer momento, se paseaba una y otra vez por el bien de su negocio por aquella calle intentando llamar la atención de alguno, pero también había curiosidad por lo que tendría lugar en aquellas habitaciones. Teatro, actores y actrices.

Hasta que una noche no pudo resistirse y se colocó en la fila, disimuladamente, casi escondiéndose para que ninguna de sus compañeras la viese en aquella tesitura y no tener que dar explicaciones. Se reirían de ella. Cual fue la sorpresa cuando se dio cuenta que la persona que estaba delante suya era ni más ni menos que la grandísima Concha Velasco, esa que su madre adoraba desde que él, ahora ella, recordaba. Pues sí, es verdad que habían actores famosos en aquel lugar. Supo mantener la compostura y no sé perdió en sus impulsos de tocar su espalda para que se girase y saludarla. Se quedó atrás silenciosa, escuchándola hablar. “Ay si mi madre me viera, aquí con la Velasco” miró hacia el cielo que dejaba ver los edificios de la calle y se persignó “Espero que me estés viendo, mamá”. En ese ratito pudo escuchar que la Velasco iba a ver la obra de su hijo “Voy a ver la obrita de mi Manu”… “Quítate de en médium” contestó la Velasco cuando su acompañante le preguntó por el nombre de la obra de su hijo. Pues esa voy a ver, se dijo a sí mismo Carlota, mientras empezó a perderse en su cabeza, imaginando como se iba a encontrar en la misma habitación con la Velasco a dos metros..

-¡Hola!- dijo la chica de la taquilla para hacerle salir de sus pensamientos.

-¡Ah, hola! ¡Ya me toca!

La chica de la taquilla solo supo asentir con la cabeza y una media sonrisa en la cara.

– Pues quería ver la del hijo de la Velasco.- dijo mientras veía que Concha en su entrada al local miraba hacia atrás para ver quien la había nombrado. Le picó un ojo y siguió entrando.

– “Quítate de en médium”.

– ¡Esa, esa!.- dijo con el entusiasmo provocado por el guiño de la Velasco.

– Está todo agotado.

– ¿Todo? Ay, pues… no sé, ya que estoy aquí veo otra, ¿no?

La chica de la taquilla asintió.

– ¿Cuál me recomiendas?

– No puedo recomendarte ninguna.

– Ahm…

– Pero en cinco minutos empieza “Cuatro tetas y un funeral”.

– Ahm…- murmuró con cierta decepción- Bueno, pues nada. Veamos tetas entonces.

La chica de la taquilla le dio su entrada y Carlota entró a la Sala 2 para ver la obra de su propia vida sin todavía saberlo…

NOTA: Carlota es uno de los personajes de “Cuatro tetas y un funeral” obra de servidor; siendo seleccionada en Microteatro Madrid (interpretado por Virginia Rodríguez y Lara de Miguel) en Microteatre Valencia (interpretada por Águeda Llorca y Alma Herrero), en Microteatro Veracruz y en el Festival Internacional de Teatro de Puebla Héctor Azar (dirigido por Aleyda Gallardo e interpretado por David Ponce, Lilia Mendoza y Marlene Tovar).

Autor: Borja Texeira

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