El mar a cuentagotas

De niños hacíamos (micro)teatro en el patio y en el barrio. Superhéroes, caballeros, detectives, cada recreo un viaje y cada tarde una identidad. De adolescentes hacíamos (micro)teatro alrededor de una mesa repleta de dados, fichas, mapas y figuritas; creábamos aventuras que nos llevaban durante horas a cualquier punto remoto de la galaxia; lo llamábamos juego de rol.

Hemos crecido haciendo (micro)teatro sin ponerle nombre. En aulas universitarias, en cafés teatro, en garitos ínfimos, en salones de actos, en la calle, en una cárcel, en el salón de casa, en un hospital, en una boda… Allá donde se nos convocaba, ganando o perdiendo dinero, íbamos a actuar bajo cualquier condición. Nosotros nos llamábamos ya, como hoy, Ron Lalá. Pero esta es también la historia de otros muchos semejantes, solos o en grupo, por todas las calles de los noventa, de los dos mil y de hoy.

Ahora somos profesionales, trabajamos en espacios escénicos convencionales. Con trabajo, ayuda, suerte y rigor seguimos adelante a pesar de casi absolutamente todo, como españoles en general y artistas en particular. Pero a veces me escapo, vuelvo al (micro)teatro. Escribo microteatro. La culpa directa es de Chos, mi querida Chos Corzo, directora de todas mis piezas (micro)teatrales estrenadas hasta el momento. Chos me llama con nuevos encargos, nuevos temas sobre los que escribir, nuevos desafíos en breve plazo. Pero también, en parte, soy yo quien regresa a la precariedad formal como a una bañera caliente.

Mínimo elenco. Producción de batalla. Proximidad con el público casi obscena. Presupuesto atroz. Inmediatez salvaje. Conflicto desnudo en las menores palabras posibles. Pasión aquí y ahora.

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¿Vivieron felices y comieron perdices?

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Antes de escribir teatro infantil, tuve que plantearme un montón de cuestiones: personajes, tramas, vestuario, acciones… y finales. El tema de los finales siempre me quitó el sueño…

Porque los niños son niños y no podemos olvidarlo; pero a su vez, tampoco debemos pintarles todo de color de rosa.

Claro que yo nunca sería capaz de resultar tan cruel como nuestros queridos Hermanos Grimm que si no ponen a un lobo al que abren en canal, llenan la tripa de pedruscos y le vuelven a coser cuentan como una bruja es quemada viva en su propio horno, o como un lobo se ahoga en un pozo mientras los siete cabritillos gritan o un duende se rompe por la mitad al quedar sus piernas enterradas… Pues aunque nosotros hemos crecido rodeados de esos cuentos clásicos con finales tan… ¿cómo lo diría? ¿Sádicos?; o conviviendo con la leyenda del “coco” que viene a por ti si no te duermes; y con otras muchas amenazas para portarnos bien; no sé cómo reaccionaríamos si hubiéramos tenido que verlo en teatro; y no sé cómo lo harían los peques si en un sitio tan íntimo y tan cercano como microteatro, tuvieran que enfrentarse a esos monstruos y villanos y a sus crueles destinos (acordes con su delito por otro lado).

No quiero pensar lo que molestarían los gritos de la bruja a las salas vecinas…

Por eso, desde que empecé con el teatro infantil, intenté que mis “malos” no lo fueran tanto como para merecer la muerte y, por supuesto aprovecharan la segunda oportunidad que todos merecemos y se aventuraran a cambiar, a aliarse con los “buenos” y mejorar un poquito más el mundo. Sigue leyendo

Microteatro ya en Costa Rica

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Desde que comenzó hace cuatro años en una pequeña ex-carnicería Microteatro se ha ido expendiendo en diferentes países.

Hoy día, ciudades como Valencia, Madrid, Málaga, México DF y Veracruz cuentan en su localidad con un espacio cultural formado por varios microespacios donde se representan, cada semana, varias obras de 15 minutos para 15 espectadores.

A estas ciudades se ha unido, el mes pasado, San José (Costa Rica) y por ello queremos dedicarle una entrada en nuestro blog.

En su página de Facebook podemos leer de manera esquematizada el funcionamiento de sus salas, lo que ellos han llamado:

La experiencia ORIGINAL de Microteatro EN COSTA RICA:

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Me reinvento en personaje

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Últimamente me dicen que escriba. Que escriba mucho. Me dicen que escriba sobre mí. Así, como lo hago yo. Con mi “exclusiva” forma de expresarme. Contando las cosas como las cuento, sin más. Vamos que sea yo. Yo con puntos suspensivos, como me gusta escribir… Que sea yo y que me reinvente en personaje. Así, sin más. Fácil. Rápido. Indoloro. Un personaje. Yo.

La verdad es que no sé… Así, de primeras, me entra el típico recelo que le puede entrar a cualquiera, ¿no?  En plan… ¿qué onda?, ¿soy un personaje?, ¿te hago gracia o qué? Pues qué gracia me hace a mí, que mi persona te haga gracia, ¡prenda!…

Pero si me paro un segundo… unos puntos suspensivos más… si dedico un poquito de tiempo y me lo planteo, la verdad es que da miedete. Escribir sobre mí. Así, sin más. Bueno, sin más… Siendo honesta y soltando todo por esta boquita, ¿no? Porque yo no sé mentir, o se me da fatal, la verdad. Siempre he sido pésima en la mentira. Por eso soy, “pienso que soy”, poco creativa como escritora, bueno dramaturga… es que claro, eso son palabras mayores. Pero el caso es que no se mentir. Y la escritura, vamos, la ficción… pues va de inventarse cosas, ¿no? ¿O no? Puedo hacer un reflejo veraz sobre mi persona/personaje. Eso sí, yo me pongo y cuento mis verdades, por raras que éstas sean, porque lo son. No nos vamos a engañar, que muy normal nunca he sido…

Pero debería ponerme un nombre, ¿no? Un nombre para separarme un poquito de mi misma. Porque no es por nada, pero la azotea de la Laura ha estado y está un poco colapsada en los últimos años, sólo Zeus sabe lo que puede pasar si me reinvento como personaje, así si más. Sigue leyendo